Sociedad & Cultura

¿Quién nos sostiene? La red invisible

¿Cuánto costaría vivir sin lo público?

Imaginá que no existe lo público. Que las calles son privadas, los espacios verdes cerrados, y que cada bien común debe ser financiado entre pocos. Vas a estacionar tu auto: no hay calle libre, solo cocheras privadas con tarifas elevadas, porque nadie financia la infraestructura vial colectiva.

Querés ver un espectáculo: no hay show libre en la plaza, porque no hay plaza. Hay un predio privado, que cobra entrada, seguridad, mantenimiento y logística, dividido entre los pocos que pertenecen al lugar. ¿Cuánto costaría? ¿Cuánto vale un show si no se comparte el costo con miles?

El pasto que ves cortado, la fuente encendida, la luz que alumbra el banco donde te sentás: todo eso tiene un precio elevado cuando no hay comunidad. Y no uno simbólico, sino real, medido en cuotas mensuales, entradas caras y barreras sociales.
Porque cuando todo es privado, pagás más y también vivís menos acompañado.

Este es el sueño de muchos ciudadanos.

¿Y qué pasa cuando vas a al centro cultural?

Quizás pensás: «Esto lo pago yo con mis impuestos, con mi esfuerzo diario». Pero esta lógica, aunque comprensible, es incompleta. En realidad, ningún servicio público depende exclusivamente del esfuerzo individual: detrás hay una poderosa fuerza colectiva, una red social y económica que sostiene y expande nuestro bienestar.

El acceso a servicios no es individual, es colectivo

La calle que transitás, la atención médica que recibís, los eventos culturales gratuitos o las carreteras bien pavimentadas son bienes públicos financiados por impuestos colectivos. Según la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), en países desarrollados más del 40% del ingreso de las personas se redistribuye hacia servicios públicos esenciales como educación, salud, seguridad e infraestructura. Ningún sueldo individual podría costear aisladamente estos bienes.

Esta lógica va más allá de lo monetario. Implica trabajo humano, compromiso social y decisiones políticas colectivas. Cada vez que disfrutás algo público, como un espectáculo callejero gratuito, no es sólo porque pagaste impuestos, sino porque existen estructuras administrativas, culturales y sociales respaldadas por toda la comunidad.

¿Quién paga realmente los bienes públicos?

Pongamos un ejemplo claro: en Argentina, una consulta médica en el sector privado puede superar fácilmente los 25.000 pesos. ¿Cuántas consultas podrías pagar con tu sueldo mensual si no existiera el sistema público y competencia de este sector? Muy pocas. Es la estructura pública financiada con impuestos colectivos lo que permite que todos accedan sin limitaciones financieras directas.

Lo mismo ocurre con el arte en las calles: cada espectáculo gratuito o de pago accesible ofrecido por un municipio o institución cultural implica inversión pública sostenida por impuestos generales, que incluye salarios dignos para artistas, técnicos, personal de mantenimiento y seguridad. Estos servicios no los sostiene una sola persona, sino millones de ciudadanos comprometidos con lo público.

La ilusión del mérito individual

Creer que pagamos personalmente cada servicio público nos empuja hacia un error peligroso: asumir que sólo debemos acceder a lo que nuestro bolsillo individual puede costear. Esto no sólo es falso, sino socialmente insostenible.

El verdadero mérito está en la capacidad que tenemos como sociedad para unir esfuerzos y garantizar derechos comunes. Cuando una sociedad valora lo colectivo, no solo mejora la calidad de vida general, sino que también fortalece la comunidad en términos socioeconómicos y territoriales. La educación pública, por ejemplo, permitió en Argentina que generaciones enteras de trabajadores accedieran a formación gratuita y de calidad, lo que difícilmente hubiese sucedido si dependiera únicamente del mérito o capacidad económica individual.

La importancia de lo colectivo en cifras

Según datos oficiales del Ministerio de Economía de Argentina (2024), aproximadamente el 60% del gasto público nacional está orientado a servicios sociales, infraestructura y cultura. Esto evidencia que aunque se pregona otra cosa, no se puede ocultar que es una decisión política colectiva destinada a sostener la vida cotidiana de todos, y particularmente, de quienes menos tienen pero no por ello menos son.

Por ejemplo, cada peso invertido en espacios culturales retorna multiplicado por tres en beneficio social indirecto, según estudios realizados por UNESCO. Este retorno no podría lograrse jamás desde lo individual, pues lo colectivo no solo potencia, sino que multiplica.

Lo público es lo que hacemos juntos

La próxima vez que aplaudas en una obra teatral gratuita, que visites un hospital o universidad, de índole público o privado, o transites una calle recientemente pavimentada, recordá que detrás no sólo está tu esfuerzo. Está el esfuerzo colectivo, la solidaridad comunitaria, y la decisión política de apostar al bien común.

Este es el verdadero rostro de lo público: no un regalo, sino un logro comunitario. Entender esto no es un detalle menor: es una forma profunda de inteligencia social. Reconocer que juntos sostenemos y construimos nuestra calidad de vida no nos hace menos libres; al contrario, nos hace más responsables y más conscientes.

Porque en definitiva, lo público no es aquello que te dan, sino aquello que construimos juntos. Y esa, quizás, sea la forma más potente de ser verdaderamente libres.

Por Ivana Capdevila